Con Álvaro Correa. "La Gringa", una nueva sala teatral.

El emprendimiento que va a realizar Álvaro Correa junto a Roberto Suárez y Vicky Marchetti es digno de felicitar y apoyar. Abrir una sala teatral, con todo lo que eso implica, no es nada fácil; lo económico en este país no camina de la mano con el arte. Álvaro lo sabe, creció en un teatro independiente; también los saben Roberto y Vicky. Es grande el esfuerzo que tiene que realizar cualquier creador para lograr sus metas, pero ser un trabajador de la cultura justifica todo esfuerzo.

-¿Cómo fueron tus comienzos en el teatro?
-En la adolescencia arranqué en un taller que daba Armando Halty en el Teatro del Notariado. Después empecé a trabajar y me gastaba todo el sueldo en formación, creo que Restuccia se llevó gran parte de lo que me tocaba en jornales de empleado de librería. Cuando me di cuenta que el teatro era lo que realmente quería hacer no lo dudé y me anoté para la prueba de ingreso en Teatro Circular. En aquella época la Emad estaba cerrada, pero se sabía que al año siguiente probablemente la reabrieran. Con un amigo, Joselo González, discutíamos qué era lo mejor para nosotros, que teníamos la vocación teatral y queríamos la mejor formación pero también sabíamos que el teatro era un lugar privilegiado para decir cosas y que en ese momento el teatro tenía mucho para decir en lo social. Yo me fui al Circular y Joselo a la Emad. Para los jóvenes de entonces el Circular era un faro donde no sólo se hacía el mejor teatro, sino que además había una clarísima y a la vez sutil línea política. En el Circular hice toda la Escuela, la mejor del momento -cinco años- con maestros como Berto Fontana, Héctor Manuel Vidal, Dervy Vilas, Walter Reyno, Norma Quijano y Santiago Introini. Allí aprendí la base y el funcionamiento de un teatro independiente, la democracia interna, la elección de un repertorio con criterio de teatro de arte y también respecto al trato con los compañeros, la ética del actor. Después descubrí los secretos del oficio en el maravilloso Teatro en el Aula. Una verdadera escuela de actuación con un grandísimo contenido social, teatro revolucionario, donde hice más de 4000 funciones y foros en distintas obras a lo largo de 20 años.
Como director me formé autodidactamente, mirando a los que saben. La primera obra que dirigí fue de teatro para niños, género que me gusta mucho y que trato de visitar a menudo.

-Lograste el sueño de todos los artistas teatrales, tener una sala propia. Hablanos de ese emprendimiento tan importante para el medio teatral.
-Visualizar un espacio propio surgió como consecuencia directa de la necesidad del grupo Los Años Luz-Teatro de seguir profundizando en su búsqueda. Con Vicky (Marchetti) sentimos que era el momento de seguir creciendo a nivel personal y artístico, y quemamos las naves en esta aventura. El espacio de La Gringa era para mí conocido porque había hecho mi primera obra en lo que era en aquel momento el Teatro el Reloj.
En este camino encontramos rápidamente, por suerte, aliados importantísimos como El Pequeño Teatro de Morondanga, de Roberto Suárez, que como grupo gestionan y comparten el espacio. En este momento estamos en plena obra de acondicionamiento de la sala (pintura, techos, baños, instalación eléctrica) y también toda la parte de infraestructura (butacas, moquete, focos, consolas de luces y audio). Intuimos que la unión de estas fuerzas nos va a potenciar y a llevar a crear caminos nuevos, pero por ahora lo urgente, lo material, sólo nos permite trabajar a destajo.

-Es un reto abrir y mantener vivo un espacio teatral, y también es una responsabilidad el gestionar dicho espacio. ¿Haber crecido dentro de un teatro, y haber participado en su gestión, te facilita el llevar adelante la conducción de esta nueva sala?
-Sí, como quien dice soy hijo de almacenero. Todo el métier del teatro lo aprendí dentro de Teatro Circular, un teatro independiente, realmente independiente, que nunca tuvo ninguna subvención, ni privada ni estatal. Sabemos la responsabilidad que tenemos y que queremos asumir tratando de llevar adelante un teatro de calidad. Fijate que el nombre de la sala, La Gringa, es un homenaje a Florencio Sánchez y vamos a priorizar en la programación las obras de autores uruguayos y latinoamericanos, y sobre todo los procesos de creación dramatúrgica en el espacio. También la responsabilidad es mantener el espacio abierto con todas las obligaciones materiales que implica.

-¿Cómo lo denominarías: espacio cultural o espacio teatral?
-Es un teatro, pero va a tener actividades que trascienden lo estrictamente teatral. como la música, la danza, las exposiciones de pintura, los cursos, seminarios, la formación en general; estamos abiertos a encontrar en el camino diferentes propuestas. Lo que te quiero decir es que somos actores y producimos teatro, pero creemos en la convergencia de disciplinas.

-¿Tenés una fecha aproximada para su inauguración?
-Roberto Suárez ya fijó el primer estreno: «El canto del cisne», para principios de mayo; apostamos a eso. En julio irá «Robinson Crusoe... el mar», para niños, y luego «El pecado que no se puede nombrar». Hay otras obras en vistas pero que aún no están del todo confirmadas.

-Además de este proyecto, ¿tenés otros planes a corto plazo?
-La gestión de La Gringa me va a llevar la mayor parte de mi energía y mi cabeza, pero el 3 de febrero estreno «El sexo nuestro de cada día» en el Teatro del Centro, con dirección de Eduardo Cervieri y basado en un libro del Dr. Gastón Boero; y el 16 de febrero, en Teatro del Notariado, «Don Mario y los otros», basado en textos de Mario Benedetti con dirección de Gloria Lev

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