El lugar elegido
Cuarenta años, cinco premios Florencio y memorables actuaciones después de ingresar a la Comedia Nacional, el actor Delfi Galbiati decidió acogerse a un retiro incentivado. Se despide con un protagónico a su medida en la obra «Príncipe azul», de Eugenio Griffero, pequeña sinfonía poética compartida con dos compañeros de elenco: Levón, en escena, y Daniel Spinno Lara en la dirección. Va en el teatro Solís, marco ideal para el acervo de este artista.
Germán Gauna
-Te vas tres años antes de cumplir la edad obligatoria de retiro, ¿por qué?
-Se cumplió una etapa y el descanso no me viene nada mal. La Comedia es un lugar que te reporta muchos beneficios, pero también desgasta. Aparte de que no podés decir esta obra no la hago, porque como actor profesional te pagan por actuar en el papel que te toque, es un trabajo exigente y sistemático, a la tarde ensayás y a la noche hacés funciones. Y yo, felizmente, con 67 años cumplidos y 40 integrando el elenco, he trabajado mucho.
-¿Cómo resististe 40 años con el mismo grupo?
-Hablar de esto emociona, porque la Comedia fue mi casa todo ese tiempo. Cuando entré era un actor tierno, deslumbrado por estar junto a los grandes, los fundadores. En dos palabras, los dioses, que estructuraron mi maduración artística hasta hoy.
-Reitero la pregunta.
-A veces creo que soy bipolar (risas), porque si bien la disciplina y el compromiso me caracterizan, también puedo deslizarme hacia un «atorrantismo» feroz. En estos 40 años la Comedia experimentó cambios profundos y trascendentes. Y hasta en los peores momentos, en dictadura, los integrantes del elenco supimos batallar la independencia artística. A lo cual se agregó, desde 1983, el logro de una democratización interna por la cual luchamos mucho, yo y otros compañeros. De ese proceso surgieron organismos como el Consejo Artístico y la Comisión Administradora y Financiera, que integran a delegados del elenco y contribuyen a colectivizar las decisiones, y a que las directivas de la Dirección General y Artística estén avaladas por el núcleo artístico. Todo esto, respondiendo a tu pregunta, fue un gran estímulo para mí.
-Hay fantasmas clásicos para un actor de elenco estable: rutina, adocenamiento, displicencia; ¿los mantuviste a raya?
-El teatro es, ante todo, diversión. Pero a veces no tenés más remedio que recurrir, como decimos en nuestra jerga, a «sacar la tarjeta del cajoncito» (risas.) Todos los actores y actrices repiten, en algún momento, alguna fórmula que les dio resultado. Es imposible no hacerlo.
-Hasta para reciclar energías.
-Por supuesto. Laurence Olivier dijo algo que cuando lo leí me dejó perplejo, pero después le di la razón. Dijo que un actor puede hacer, como máximo, cinco grandes papeles en su vida; lo demás son variaciones.
-Hace una década que tu hijo, Fabricio, integra el elenco. ¿Vició el vínculo artístico el vínculo familiar?
-Es algo delicado, pero aprendí; tuve que aprender que dentro de la Comedia no soy su padre, sino su compañero. Por lo menos, que no debo ser el padre que da consejos.
-¿A qué costos lo aprendiste?
-A los que tiene toda relación padre - hijo cuando tu hijo te dice que es un hombre. Es el momento de callar y aceptar que siga su camino. ¿Fácil, no? (carcajadas.).
-Cuando mirás el sendero, ¿qué ves?
-Maravillas. Cada vez que llegaba la licencia anual me asaltaba una inquietud. La alta exigencia laboral determina que tengamos dos meses de licencia. Me ponía nervioso pensar que durante sesenta días faltaría al lugar donde entraba a hacer teatro a diario, y a horas precisas. Veo, también, mi opción por la Comedia. Cuando Eduardo Schinca dirigió la obra «El burlador de Sevilla y convidado de piedra», de Tirso de Molina, me distinguió con el protagónico. Dos semanas antes del estreno me llamaron de Buenos Aires para hacerme una propuesta artística por demás tentadora, y la rechacé. Me di cuenta, en ese acto, hasta qué punto mi vida estaba anudada a la Comedia Nacional.
Elegí quedarme, y hasta hoy no me arrepiento. Fueron 40 años plenos.
-¿Y hacia adelante, qué hay?
-Ya recibí proposiciones honestas (risas) que pienso aceptar. No son muchas, pero son interesantes.
-De alimentar palomas en la plaza ni hablamos.
-Jamás (carcajadas).