Teatro en el mundo.

El nazismo y sus manifestaciones siguen brindando temas para el teatro contemporáneo. Ya más alejado de la repetida denuncia, el teatro retoma la problemática de los dilemas éticos y las actitudes de los hombres comunes ante violentas situaciones límites.

Luis Vidal Giorgi

Compañeros de clase

En Barcelona, la exigente directora Carme Portaceli, que tiene el antecedente sobre esta temática de la puesta en escena de «Mein Kampf» de Tabori, presenta la obra «Nuestra clase» de Tadeusz Slobodzianek, dramaturgo polaco.
La obra parte de un terrible suceso histórico: en 1941 los judíos de Jedwabne, un pueblo del noroeste de Polonia, que eran cerca de cuatrocientos, fueron conducidos hasta un granero y quemados vivos. Durante medio siglo la masacre fue atribuida a los ocupantes nazis. En 2001, el historiador Jan Gross reveló en su libro «Neighbours» (Vecinos) que los verdaderos responsables fueron polacos: la gente del pueblo, sus propios amigos y vecinos, azuzados por los ocupantes nazis. En 2001, la periodista Anna Bikont corroboró los hechos en «We from Jedwabne».
En la obra participan diez actores que encarnan otros tantos personajes, cinco judíos y cinco católicos compañeros de clase, los cuales realizan varios monólogos introspectivos sobre la culpa y el dolor. Según consta en la información, la trama se estructura en catorce escenas-lecciones que van desde 1931 hasta nuestros días y en las que los personajes, sobre el escenario en todo momento y haciendo de muertos, rememoran las escenas de odio, tortura e instinto de supervivencia por las que pasaron cuando estaban vivos.
«Nosotros mismos nos lo explicamos a nosotros mismos para entender por qué lo hicimos», comentó el actor Casamajor, que remarcó que el autor del texto no divide entre «buenos» y «malos», algo que todavía levanta suspicacias en Polonia, donde muchos no aceptan que la masacre no fuera cometida por los nazis tal y como siempre se había creído.
Destaquemos que la obra adquiere mayor significación pues el año pasado el Presidente polaco, Bronislaw Komorowski, pidió perdón por la matanza cometida por sus compatriotas durante la guerra. Pero luego el monumento a las víctimas sufrió un ataque vandálico que lo destruyó, y posteriormente, en un muro que lo rodea, hubo pintadas que decían: «No lamento Jedwabne» y «Eran muy inflamables». Además, taparon con pintura las inscripciones en hebreo y polaco.
Señalemos también que la obra, que primero fue estrenada en Londres, fue representada en Polonia en 2011 venciendo algunas resistencias.
Como afirmó Brecht en «La irresistible ascensión de Arturo Ui»: «Hombres, ¡no celebren todavía la derrota de lo que nos dominaba hasta hace poco! Aunque el mundo se alza y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo».

Cuando el silencio era una virtud

Otra obra, estrenada en Barcelona por el director Miquel Gorriz, es una adaptación del mítico libro «El silencio del mar» de Vercors (alias de Jean Bruller). Transcurre en la Francia ocupada por los alemanes y narra la historia de un hombre y su sobrina que deciden, como forma de resistencia ante el invasor, no hablar jamás con el oficial alemán que vive en su granja. Pero el oficial alemán está enamorado de la chica francesa y continuamente intenta entablar conversación con ella. Mientras tanto, a su alrededor la guerra lo va transformando todo, incluso las más férreas convicciones que todos tienen bien asimiladas.
El libro de Vercors-Bruller fue editado y distribuido en secreto en la Francia ocupada de 1942 y su lectura fue una auténtica inyección de moral ante los invasores germanos. Su posesión era sinónimo de resistencia y motivo suficiente como para ser denunciado a la Gestapo.

Cuidado con los pintores frustrados

En otro orden de sucesos artísticos, comentemos que la obra teatral «Mein Kampf», mencionada al principio de la nota, de George Tabori, se estrenó en una versión cinematográfica en Alemania. Fue todo un acontecimiento, luego de «La caída» es la segunda vez que aparece Hitler representado.
La obra, que en nuestro país estrenó Alberto Rivero, comienza cuando el joven Hitler llega en 1910 a Viena para estudiar Bellas Artes. En el albergue donde se aloja conoce al judío Schlomo Herzl, un librero de buen corazón que, inspirado en el principio «amad a vuestros enemigos, haced el bien a quien os odie», trabaja en sus memorias. El título del libro: «Mein Kampf».
Los cuidados paternales de Herzl salvan a Hitler del suicidio cuando la Academia de Artes vienesa le niega la admisión. Herzl le lava la ropa, le limpia la habitación, vende postales con sus pinturas, le recorta el bigote hasta darle la forma que pasó a la posteridad, lo impulsa a la política y le da el título de su libro. A cambio, Hitler vuelve en contra del buen Schlomo a su amada, Gretchen, y hace que lo arresten por supuesto abuso de menores. Tabori calificó su obra de 1987 como «una farsa teológica». Ya sea en el escenario o en las pantallas, mediante la burla del siniestro «pintor de brocha gorda» como lo llamaba Brecht, «Mein Kampf» de Tabori nos hace reflexionar sobre los mil rostros del mal y sobre la imposibilidad de cambiarlo con buenas acciones.

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