HISTORIA DEL TEATRO URUGUAYO
Falleció el crítico e investigador Jorge Pignataro Calero (1927-2011), testigo y cronista desde los años cincuenta de la evolución del teatro uruguayo, para cuya historia sus libros constituyen un registro imprescindible.
Luis Vidal Giorgi
Jorge Pignataro se inició en la crítica en el mítico diario de izquierda «Época» en los años sesenta, publicación dirigida por un joven Eduardo Galeano, como le gustaba recordar. Luego su actividad se centró en la página de espectáculos de «El Diario». Como crítico colaboró también en distintos medios del exterior. Asimismo tuvo una intensa actividad en la Asociación de Críticos Teatrales.
Queremos destacar para esta sección sus publicaciones, que aportan a historiar y documentar el teatro uruguayo. Recientemente había publicado un «Diccionario del Teatro Uruguayo» en coautoría con su esposa María Rosa Carbajal, con datos y valoraciones de creadores uruguayos en los distintos rubros escénicos, libro que tenía su precedente en un «Diccionario de Directores Teatrales» del año 1991.
Entre otras publicaciones están, asimismo, una biografía sobre Florencio Sánchez, unas «Memorias de un crítico teatral» y su mejor trabajo, que sigue siendo un libro de consulta: «El Teatro Independiente uruguayo», Premio de la Federación de Teatros Independientes en el año clave de 1967, una edición de la legendaria editorial Arca de Ángel Rama que todavía puede encontrarse en la Feria de Tristán Narvaja. Pignataro realizó una actualización posdictadura de su valioso libro a principios de los noventa, titulada: «La aventura del Teatro Independiente».
EL TESTIGO DEL TEATRO
En su libro del 67 uno puede asomarse con emoción a la mejor historia del teatro uruguayo, ya sea por sus fotografías en blanco y negro de obras, personalidades o escenarios, como de la carpa de FUTI -antes y después del tornado que la destruyó- o por sus datos y comentarios que aportan un panorama de aquellos años de forja. En el mismo índice nos da la pauta de la evolución histórica, que clasifica en: El duro tiempo de los pioneros (1937-1946); La puesta en marcha (1949-1955); Los relámpagos del éxito (1956-1960) y Dispersión, desconcierto, tal vez crisis (1961-1967).
La dedicatoria de dicho libro aclara las raíces de su pasión por el teatro: «A mi madre, a mis tíos Manuel, Lorenzo y José Calero, todos ellos oscuros artesanos de la escena y de quienes recibí -por las secretas vías de la sangre- mi afición por el teatro». Terminaba diciendo en aquel lejano 1967: «En resumen, de lo que se trata es de que la gente de teatro independiente debe comprender que hay que volver al punto cero, con la ventaja de los medios materiales ya logrados (que hay que conservar) y de la experiencia adquirida (que hay que aplicar con cautela). Ese punto cero implica sacudirse todo lo que estorba, porque una marcha como la que ya está empezando a realizarse no admite equipajes muy complejos ni sobrecargados. Todo lo que no sea vocación auténtica, experiencia sólida, talento y sensibilidad comprobadas, rigor y honestidad intelectual, debe dejarse en el punto de partida. El teatro independiente ya ha arrastrado demasiados lastres durante sus primeros treinta años. Ahora se trata de andar otro trecho con paso más firme a pesar de las dificultades redobladas. Aunque el deporte, el juego, la rutina burocrática, la desesperada lucha por la subsistencia absorban al hombre contemporáneo, su natural espíritu gregario, su pequeña chispa de sensibilidad, su naturaleza lúdica con algo de infantil frivolidad, lo llevarán insensiblemente al teatro. Es decir, que el pueblo espera su teatro. El teatro independiente no puede hacer mutis».
Estas palabras, y por lo tanto los aportes a la historia del teatro uruguayo, también a sus finalidades, de Jorge Pignataro Calero siguen teniendo vigencia y hacen que no haya un mutis definitivo para este testigo comprometido con el teatro nacional.