LIBROS

 
VÉRTIGOVértigo, de W. G. Sebald.
Barcelona, Anagrama, 2010, 228 págs. Precio: $ 630.

Soledad Platero

La primera novela de W. G. Sebald (Vértigo, 1990) apareció cuando el autor tenía 46 años. No vivió muchos años más, pero alcanzó a publicar todavía otras tres novelas (Los emigrados, en 1992; Los anillos de Saturno, en 1995 y Austerlitz, en 2001) y los ensayos Pútrida patria. Ensayos sobre literatura (1991) y Sobre la historia natural de la destrucción (1999). Fue un escritor tardío que dejó una obra de aire póstumo, fantasmal, sobrecargada de melancolía y distancia. Algo profundamente anacrónico, inactual habita en los textos de este alemán del sur que hizo del viaje a pie un modelo de estructura narrativa -como si avanzar lenta y trabajosamente a través de paisajes casi siempre húmedos y solitarios pudiera tener su equivalente en una escritura que va y viene sobre temas viejos, sobre recuerdos e historias propias y ajenas.
Vértigo es un texto en cuatro partes, en las que un narrador que se llama W. G. Sebald avanza lentamente por distintos escenarios europeos sacando apuntes, recordando historias leídas hace tiempo o reconstruyendo hechos del pasado a partir de la persistencia de sus rastros en el presente. No parece haber un afán de investigación en el sentido periodístico, sino de evocación, de recuperación de algo que existió y ya no existe.
UBI SUNT. La expresión latina ubi sunt (¿dónde están?) constituye una de las tópicas literarias más recurrentes en la cultura occidental. La pregunta por el lugar imposible en el que están las cosas perdidas puede tomar distintas formas -el canto épico o elegíaco, la remembranza nostálgica, el lamento- y ser más o menos explícita, más o menos directa. Ubi sunt atraviesa la literatura de Occidente desde hace siglos para dar cuenta de la fugacidad de la vida y del dolor interminable de la pérdida. La escritura de W. G. Sebald es puro ubi sunt.
Evocar es una forma específica de recordar: es volver a traer, volver a nombrar lo que se ha ido para darle una nueva existencia en esa proyección fantasmática. Sebald (el autor) inventa a Sebald (el narrador) para que intervenga en ese comercio entre los vivos y los muertos; para que traiga desde el olvido de la muerte no sólo a los personajes que ya no están sino también al mundo en el que vivían. En los textos de Sebald el pasado es un lugar, y tan desconcertante y doloroso es que se pierda en él una persona conocida como que se pierda un bosque, una geografía familiar, un modo de vida. Sin embargo, no hay nada idílico, nada maravilloso en las evocaciones de Sebald. Esa peculiaridad hace que su escritura sea irremediablemente triste, despojada de toda ingenuidad épica, y que él mismo, el narrador que recuerda, adquiera la tonalidad borrosa de una fotografía antigua. La escritura de Sebald es ubi sunt sin paraíso perdido.
La primera parte de Vértigo está dedicada a Henri Beyle (o Stendhal) y a las impresiones que dejó en él la avanzada del ejército napoleónico sobre el Gran San Bernardo. Y es allí que aparece una curiosa observación, que Sebald atribuye a Beyle: una imagen, una representación plástica siempre se fija a la memoria con más claridad e insistencia que la realidad que le dio origen. El consejo de Beyle es «no comprar grabados de hermosos panoramas ni panorámicas que se ven cuando se está de viaje, porque un grabado ocupa pronto todo el espacio de un recuerdo». Llama la atención, teniendo en cuenta este consejo, que en Vértigo aparezcan tantas imágenes. Viejas fotografías, grabados, el fotograma de una película, un programa de teatro, el pasaporte del autor, letreros con nombres de hoteles y restaurantes, esquemas y anotaciones, todo puesto ahí no se sabe muy bien para qué. Algunos críticos han interpretado esta profusión de «documentos» como una trampa del autor; como una forma de hacer pasar por cierto lo que no es más que ficción.
Pero las imágenes pueden estar ahí por otra razón. Pueden ser consideradas como el rastro abominable de lo que ya no existe. La empecinada duración de lo muerto en sus restos materiales. Frente a la imagen de Lewis Payne, asesino convicto fotografiado poco antes de morir en la horca, en 1865, Roland Barthes se espantaba pensando que «él está muerto, y va a morir». La prosa de Sebald parece contaminada del mismo espanto, como si las emergencias del pasado congelaran toda posibilidad de duelo y se necesitara, por lo tanto, volver a ponerlas en el lenguaje; hacerlas existir en un relato que las domestique y las haga tolerables.
VIAJERO A PIE. Walter Benjamin decía que Robert Walser -otro europeo muy dado a las caminatas- escribía como un rehabilitado. La delicadeza de la escritura de Walser le hacía pensar en alguien que, habiendo estado cerca de la muerte, hubiese regresado al mundo en un estado de ingravidez, de ligereza existencial. Hay algo de eso en los textos de Sebald. En Vértigo el narrador recorre el norte de Italia y regresa a W., su aldea natal, en donde casi todas las cosas han cambiado. Muchas de las personas que conoció en su infancia siguen vivas, pero la vida antigua ya no existe. El reconocimiento de los viejos lugares en los lugares nuevos, la exploración de los sitios que estaban prohibidos hace años, la nueva luz que la mirada adulta arroja sobre las preguntas del niño no es suficiente para trasmitir la sensación de que el pasado fue feliz, pero no deja dudas respecto a la tristeza del presente. Esa forma paradójica de la melancolía -esa fuga hacia atrás aun cuando atrás no hay nada bueno- es la gran marca de estilo de Sebald: una distancia moral que ha sido leída como grandeza y que parece más un asombro, un desconcierto ante la irrupción de los restos de las cosas allí donde solían estar las cosas. Hacia la mitad del libro el narrador cree ver a Ludovico II de Baviera en el banco de un vaporetto veneciano. Más adelante verá a Kafka en los rasgos de un adolescente. El regreso incesante de los muertos, la persistencia del pasado en forma de imágenes, documentos e historias es más amenazante que su desaparición en el olvido. W.G. Sebald no escribe contra el olvido. Escribe para distanciarse de la presencia ominosa del pasado.