Dos
hermanos, Criatura de la noche, Adiós Solo
Fantasías adultas
Imaginar y fantasear (con) aquello que la vida cotidiana
deja en el umbral de la intangibilidad o inteligibilidad
puede ser percibido, desde una perspectiva adulta, como un
juego, una desviación, una necesidad o una redención. Tres
películas en cartel y muy diferentes entre sí demuestran que
ésa es también una motivación para la creación artística o,
en todo caso, para su reminiscencia.
Ronald Melzer
Dos hermanos (Argentina, 2010) es, en el trío, la película
más reminiscente y menos redentora, la que con más claridad
y menos culpa apela a otros tiempos, otros valores, otras
formas de encarar el espectáculo, acaso más pegadas a lo que
usualmente se asume como «popular» y menos deudoras de la
vocación autoral. Los dos hermanos del título, en rigor un
hermano y una hermana, andan por los sesenta y pico y
representan las encarnaciones más amables y menos ofensivas
posibles del imaginario porteño de clase medio-alta:
mentirosos, un poco aristocráticos, otro poco chantas,
bastante buscones, claramente venidos a menos, en el fondo
inofensivos. El hermano (Antonio Gasalla) ha cuidado a mamá
hasta su fallecimiento, es solterón, amanerado y
probablemente homosexual, afable, buen tipo y sin más
proyectos que seguir fabricando sus poco vendibles
artesanías. La hermana (Graciela Borges) especula con bienes
raíces, no paga sus cuentas, se cuela en eventos de todo
tipo, maneja los dineros familiares con liviandad y sin
escrúpulos. Juntos son, según se mire, dinamita o un
desastre.
Y un motivo para un eventural drama crepuscular y su
consiguiente reconocimiento íntimo o, en su defecto, la
comedia de situaciones y el zafarrancho. Sin dudarlo, el
director Daniel Burman opta por la segunda pareja de
opciones. Entiende, con razones más vinculadas al oficio de
devolverle al prójimo lo que éste irá naturalmente a buscar
al cine que a la necesidad de inventar (es decir, de crear),
que Gasalla y Borges se sentirán tan cómodos, tan en casa
remitiéndose a personajes propios y ya inventados, que
cualquier desviación en ese sentido resultaría, además de
inconveniente, frustrante. Así, «encierra» a Gasalla en
Carmelo y lo introduce en una imposible obra de teatro
dirigida por un par tan decadente como él, mientras «larga»
a Graciela Borges hacia una mishiadura que sólo disimulará
con mentiras, falacias y caprichos. Hasta que, más por las
buenas que por las malas, ambos encaminen sus vidas sin
necesidad de cambiar sus actitudes. De ese modo, la película
termina remitiendo, sin rubores ni dobleces, a un
cine-de-estrellas de otrora (años cincuenta, digamos); uno
cuyo acto principal de comunicación consistía en proyectar
en actores-fetiche una suerte de divinidad pagana, mágica y
perfecta en su impostación.
Criatura de la noche (Suecia, 2008) llama a otra clase de
imaginación, inteligibilidad e intangibilidad. A otras
clases. Empieza con la imagen borrosa de un preadolescente (Kare
Hedebrandt) de unos doce años de edad que observa,
intrigante, fuera de foco, desde la ventana de su
apartamento, qué diablos está sucediendo en la vereda. Luego
empieza a involucrarse, ya como testigo ¿involuntario? en un
crimen. Recibe la visita de una preadolescente de su misma
edad y extrañamente madura (Lina Leanderson) que podría
estar involucrada en ese crimen, y en otros. Descubre, paso
a paso, que la muchachita vive con un hombre mayor (¿su
padre?) responsable de esos crímenes; que ella bien podría
ser un vampiro; que ella se ha enamorado, como se enamoran
los niños, o los vampiros, de él; que él también se ha
enamorado, o algo así (¿qué será eso del amor?) Entre medio,
o más bien en simultáneo, el director Tomas Alfredson y su
libretista John Ajvide Lindqvist nos pintan la aldea en la
que viven esos monstruitos inocentes. Algunos niños
castigan, porque sí, o porque son más grandes, al
protagonista, pequeño y esmirriado. Los maestros se
preocupan por su trabajo, y nada más. Los padres del niño
están separados y le prestan poca atención. Éste aprovecha
cualquier oportunidad para escaparse «imaginariamente». La
novia-vampiro cumple, para el caso, con los requisitos
óptimos para concretar el escape. Lo lleva, literalmente y
por las orejas, al borde de la vida cotidiana.
El relato tiene la mecánica, la turbación, la libertad y
también el rigor de un cuento infantil, como una versión
andrógina de Alicia en el país de las maravillas. Al mismo
tiempo ilustra, muestra, expone, despliega, con insólita
crudeza y sinceridad, el misterio y las incertidumbres del
despertar adolescente; en eso recuerda a la película
Laberinto (Jim Henson, 1986), sólo que desde una perspectiva
masculina. Pero también es una película de vampiros, que
cumple con todos los requisitos del subgénero, entre los
cuales un sinnúmero de menciones de ida y vuelta a propósito
de Drácula y otros mitos. Y un thriller de misterio, con sus
consiguientes vueltas de tuerca. Todo lo cual no la lleva a
dejar de lado imprescindibles comentarios sociales que
aluden a nacionales y a inmigrantes y a adultos y a
jovencitos encerrados en la sociedad de consumo sueca, un
encierro en el que el bienestar económico está rigurosamente
planificado y resuelto. Algo que hace, a su vez, siguiendo
la lógica de un sueño, o de una alucinación. Porque todo lo
que estamos viendo podría no ser más que el fruto de un
desvarío de un niño de doce años aburrido, abandonado por
sus padres, imaginativo, audaz en el pensamiento y no en la
acción. O quizás es la ilustración acabada y febril de ese
desvarío que se convirtió en realidad. En todo caso, una
película libre que nos invita a reflexionar acerca de cómo,
por qué y con qué los niños de hoy, los ciudadanos del
futuro, elaboran su propio, malévolo e imprescindible
imaginario. Ellos, los monstruos, los asesinos, los Drácula,
los amantes, sabrán destruir lo que nosotros (mal) les
legamos.
«Adiós
Solo»
Solo imagina
Hay un rótulo para las películas que presentan un binomio de
personajes. Socios, compinches, grandes amigos, enemigos que
deben «emparejarse» para lograr un fin común. «Buddy movies»
fue la denominación que se encontró hace tiempo y a lo
lejos, desde siempre asociado a la comedia. Sin embargo,
desde una perspectiva de «género» poco hay de comedia en
Adiós Solo, pero sí el retrato de una amistad improbable, de
un camino compartido a fuerza de vaya uno a saber qué.
Porque pocas personas son tan crípticas como William, ese
setentón del que apenas sabemos que ofrece un trato poco
usual a un taxista: mil dólares a cambio de un viaje de ida
a Blowing Rock, un pico montañoso donde el viento es tal que
las cosas lanzadas al aire se elevan en lugar de seguir la
ley de gravedad.
Solo, el taxista en cuestión, es un inmigrante senegalés que
vive en Carolina del Norte, de donde también proviene el
realizador Rahmin Bahrani. Solo es cordial y tiene el empuje
de quien quiere abrirse paso en la vida. Pero lo que termina
por sumarlo a la cruzada es una genuina preocupación por la
persona que va ahí, en el asiento trasero, refunfuñando y
respondiendo con frases cortantes. Solo teme lo peor, pero
en ningún momento lo hace explícito. Lleva a William al
cine, a un motel, a la farmacia. Indaga sobre los
medicamentos que toma «su» pasajero, conversa sobre autos y
logra que el veterano cliente devenido en acompañante le
revele datos a cuentagotas. Serán suficientes.
Conforme pasan los días, Solo tratará de entender el motivo
del viaje, mientras no logra enderezar su propia vida. Por
un lado sospecha la partida inminente de William, por otro
está a punto de ser padre por primera vez. La película
entonces deja de lado la anécdota y se concentra en retratar
la relación entre ambos, cómo se observan, cómo -en
definitiva- quieren lo mejor para cada uno sin saber bien
cómo expresarlo. Quienes, indirectamente, juegan un rol
clave para entender a estos dos hombres son dos personajes
laterales: la hijastra preadolescente de Solo y un probable
familiar de William, un muchacho que trabaja en la boletería
del cine que el misterioso hombre frecuenta.
Adiós Solo funciona en los niveles más complicados, que son,
precisamente, los que debemos asumir como sencillos y
cotidianos: los diálogos entre los personajes, los espacios
que éstos comparten, la curiosidad mutua y esa promesa de un
viaje a lo desconocido, aunque el fantástico «Blowing Rock»
esté a solo dos horas de Winston-Salem, la ciudad de donde
ambos provienen. El viaje en sí mismo deja de tener el
sentido existencial que la película sugiere al comienzo, y
es en la previa donde los personajes encontrarán las piezas
que faltan en cada uno. La amistad, la inmigración, los
encuentros de los que llegan y las despedidas de los que se
van, están narrados sin golpes bajos por el sorprendente
director Rahmani, quien se apoya en la notable actuación de
Souleymane Sy Savane y Red West. Éste último es músico y
supo ser amigo y asistente del mismo Elvis Presley. Hay un
guiño al respecto en la charla sobre el artista country Hank
Williams que mantienen chofer y pasajero en el taxi. |
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