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Comentarios de cine

 

«Anina» y «Tanta agua»

Para entenderse, la sutileza

En tanto ratifican el inusual potencial artístico de la cinematografía nacional, Anina, en exhibición en salas comerciales desde el 19 de abril, y Tanta agua, que se estrena el 10 de mayo, nos trasladan con sutileza a mundos imaginarios que se parecen bastante, o mucho, a experiencias de vida que varias generaciones de compatriotas reconocerán como propias.

Ronald Melzer

Anina es el segundo largometraje de animación realizado en Uruguay. El primero, Selkirk, el verdadero Robinson Crusoe (2012) fue fruto, fundamentalmente, de la inspiración y perseverancia de un auténtico hombre-orquesta como Walter Tournier, transcurre en épocas remotas y se sitúa en geografías más bien exóticas. La gestación de Anina fue bien distinta. Comenzó con una novela escrita por el salteño Sergio López Suárez y publicada en 2003. López Suárez es maestro, empezó a ejercer la profesión en Montevideo en 1975 y luego intercaló esa actividad con otras dos, la de dibujante y la de autor de cuentos y novelas infantiles, que le han valido reconocimiento nacional e internacional. Es de suponer que «Anina Yatay Salas», título original de la novela aquí adaptada y que se centra en las peripecias de una niña de diez años de edad con nombre y apellidos capicúa, reprocesa algunas de sus experiencias en escuelas públicas montevideanas del último cuarto del siglo XX, acaso con cierto énfasis en esquemas mentales, modalidades didácticas, costumbres ciudadanas y miedos colectivos íntimamente vinculados al clima social y político del país durante la dictadura.
Ese «aire» un poco retro, otro poco nostálgico y con una pizca de crítica soterrada ha sido salvaguardado, si no potenciado, por los cuatro adaptadores acreditados por la producción, entre los cuales el propio director Alfredo Soderguit. Por eso el mundo representado en la película Anina abunda en calendarios que dan cuenta de meses y días pero no de años, en ómnibus prolijos, en calles poco transitadas, en hogares silenciosos donde sólo retumban los resquicios roqueros de un padre que baila en soledad (con) los ritmos que emite su viejo tocadiscos, en patios de recreo insólitamente limpios, en niños y niñas que no pueden exteriorizar sus mayores momentos de alegría, en complicidades casi subversivas entre una directora escolar que «esconde» su buen carácter con unos alumnos que parecen estar esperando una represión más dura, más artera, más arbitraria. En cambio, la reprimenda que recibirá la niña protagonista, que se ha portado mal y se ha peleado con una compañerita por puro capricho, consistirá en un sobre que no debe abrir antes de determinado tiempo y cuyo contenido -nada- está destinado a impartir la más importante e imprevista de las lecciones: la (de) moral. Para aprender a vivir, primero hay que saber sufrir, esperar y callar.
Ahora bien, si esta mirada agridulce, tierna y, si se quiere, ambigua a un período de la vida, y del país, irremediablemente perdidos, se trasmite, se hace sentir, penetra en la sensibilidad del otro (un otro que puede ser un adulto que quizás recuerde lo que implicó ser niño en aquella época o un niño que seguramente no lo sabe pero que a partir de ahora algo sospechará) es porque todos los procesos creativos generados a partir de la novela fueron encarados con cuidado, con pasión, con comprensión de la materia tratada. El orden de los procesos fue más o menos el siguiente: primero, unos dibujos (cientos, miles) en blanco y negro, aparentemente simples y sin duda estilizados; segundo, una animación por computadora siempre dispuesta a no dejar que esos trazos fuguen de una realidad a la que se alude mediante símbolos reconocibles pero no burdos; tercero, una coloración que le imprime a las imágenes un tinte que oscila entre la extrañeza y la placidez; cuarto, unos diálogos destinados a mantener una cierta distancia entre sujeto y objeto sin caer en la «adultez»; quinto, una musicalización que integra ritmos uruguayos y cadenciosos a un rock que ya entonces -sobre todo entonces- pautaba incipientes rebeldías. Así se reconstruyó, y se sigue reconstruyendo, un país.
Tanta agua también contiene elementos autobiográficos, también reconstruye una época sin proclamar con más pelos y señales que los estrictamente necesarios su pertenencia iconográfica a una fecha determinada, también maneja esas referencialidades con sutileza, como de soslayo. Pero es otra película, en el resto muy distinta a Anina. Por ejemplo, en su punto de vista, que promediando el relato tendrá un vuelco decisivo. Las primeras imágenes muestran a un hombre (Néstor Guzzini) que está manejando sobre una calle mojada. El hombre está, dentro de su auto, solo. Estaciona. Se baja. Va hasta la puerta de un edificio. Toca timbre. Habla con una mujer a la que no distinguimos. Vienen hacia él dos personas: un niño de unos ocho años (Joaquín Castiglioni) y una adolescente de catorce o quince (Malú Chouza). Traen valijas, más bien mochilas. El auto arranca. El trío, dentro de él, luce algo tenso. Está claro que se van de vacaciones; a Salto, descubriremos rápidamente. Fuera de temporada «alta», ¿marzo? ¿abril?, por cómo llueve, sin parar. Diez o quince minutos de relato más tarde se habrá cerrado un círculo informativo: el hombre es divorciado, ha decidido que dentro del cuarto del hotel no se prenderá la televisión, se empeña a toda costa en que sus hijos se sientan cómodos, felices, «en casa» junto a él, inventa toda clase de excursiones y «diversiones» familiares, se empeña en bañarse en la piscina por más que el tiempo reinante (Tanta agua, reza el título) se empeña en estropearle la iniciativa, se las ingenia para «escapar» a su entorno y visitar a una novia, amiga o amante que tiene en la ciudad, lleva la batuta de la familia, y del relato.
Poco a poco, secuencia tras secuencia, el punto de vista empieza a cambiar. El descubrimiento por parte de la adolescente de las actividades extra-familiares de su padre, de que por culpa de la persistente lluvia y del mal humor general éste deberá «ceder» frente a los gustos y apetencias de sus hijos en algunas de sus iniciativas -permite, calladamente, que se reinstale el televisor- de que «papá» está o se siente inseguro, de que si se lo propone es capaz de conducir ¿hacia dónde? al pequeño grupo familiar, provocará un giro en el tono, en la perspectiva y en el significado de la peripecia. El «yo» generoso y un poco prepotente de la parte inicial se convierte en un «él» egoísta y bastante ridículo de ahora. Ahora la muchacha, el nuevo «yo» de la película, toma la iniciativa. Sale por ahí por su cuenta. Conoce a un muchachito lindo y se hace de una amiga lugareña. Los tres combinan, torpemente, una salida nocturna, al baile. La aventura resulta mal. El muchachito lindo no gusta de ella, sino de su amiga. Nuestra nueva protagonista se emborracha. Sufre nuevas frustraciones. Igual sale adelante, con dolor. Aprende a romper ciertas cadenas mentales, más difíciles de romper que las físicas. Se «recibe» de adolescente. La película que otrora versaba sobre la inestabilidad de una familia fracturada de vacaciones en un «hoy» difuso, ahora evoca la inestabilidad de la adolescencia femenina durante un «ayer» definido.
Tanta agua fue escrita y dirigida por dos mujeres jóvenes, Leticia Jorge y Ana Guevara, que parecen estar mirando -de hecho están mirando- sus propias experiencias iniciáticas a través del filtro espejado que sólo pueden proveer el paso del tiempo, el descubrimiento íntimo de lo que uno alguna vez fue y nunca volverá a ser, y la necesidad imperiosa de recrear(se) a través del ejercicio artístico. Poco importa cuánto hay de una y cuánto de otra en esta aventura de evidentes sesgos autobiográficos. Mucho importa la sabiduría con que durante el relato desembocan, desde interpósita persona (el personaje del padre) hasta ese auto-reconocimiento. Asimismo importan el notable manejo de los tiempos dramáticos, la fineza del humor y la solvencia del elenco.