Comentarios de cine

George Clooney, Alexander Payne, Clint Eastwood y... J. Edgar Hoover

Gente Comprometida

Como viene sucediendo desde hace unos pocos años, febrero -al igual que marzo- es un mes en el que, a la luz de las expectativas que despiertan los premios Oscar, los grandes sellos de Hollywood copan las salas de exhibición con sus productos más finos, más polémicos y, previsiblemente, mejor recibidos por la crítica. Secretos de Estado, Los descendientes y J. Edgar confirman, con creces, esta tendencia.

Ronald Melzer

CLOONEY, CAPÍTULO 1 Poco de nuevo se descubre bajo el nebuloso cielo de Secretos de Estado, cuarto intento del actor y divo George Clooney por ganar respetabilidad y una mayor aureola artística como director. Lo de poco de nuevo es bien aplicable al terreno cinematográfico, en el que Confesiones de una mente peligrosa (2002) exponía al entonces novel director como alguien realmente dispuesto a asumir riesgos estéticos, así como al terreno ideológico, en el que Buenas noches y buena suerte (2005) desplegaba una pátina trágica y universal que esta nueva y totalmente creíble, pero también predecible, exposición de las miserias humanas en clave política está lejos de poseer. Lo dicho: Secretos de Estado es previsible, un poco local de más y hasta provinciana, quizás algo superficial y no nos cuenta nada que no supiéramos antes gracias a la prensa seria o a mucho cine estadounidense anterior a propósito de la corrupción intrínseca de esa democracia modelo -según algunos de los «locales», no según este cronista. Películas como El candidato (Michael Ritchie, 1972), El ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins, 1992) o Colores primarios (Mike Nichols, 1998) ya se encargaron de sacar al sol una colección de trapitos sucios a propósito de campañas políticas minadas por la corrupción, el escándalo, las chicanas, las trampas legales, los crímenes y la traición al elector y a todo vestigio ético. De todos modos, Secretos de Estado es un digno heredero de esta vieja tradición liberal. Y es, conste, una buenísima película, aunque diga poco de nuevo.
El propio Clooney asume, aquí, el papel de un político del Partido Demócrata que aspira a la candidatura presidencial, para lo que previamente tiene que sortear el escollo de otro candidato de su colectividad que le está haciendo frente en las Primarias. Pronto se descubrirá que tiene un escollo mayor: su propia conducta, que bajo un aire liberal, progresista y bonachón, contiene ingredientes autoritarios, mezquinos y moralmente dudosos, por decir lo menos. Curiosamente, éstos saldrán a la luz a partir de la iniciativa, por así decirlo, de uno de sus asesores de campaña (Ryan Goslin), quien no tendrá más remedio que destapar una olla hedionda cuyo complejo entramado involucra a una joven y bella estudiante en apuros (Evan Rachel Wood), a calificados y maniobreros jefes del equipo propio (Philip Seymour Hoffman) y del contrario (Paul Giamatti), a un tercer candidato que ha desistido de la postulación pero cuenta con votos que pueden ser decisivos (Jeffrey Wright), a una periodista «independiente» (Marisa Tomei), a otros buitres que andan cosechando compromisos y favores. Minuto a minuto, el entramado se vuelve más oscuro, el suspenso más envolvente, muchos empiezan a perder poder y privilegios, la ciudadanía se desprotege, el bosque se espesa más y más, y el espectador se entusiasma con la leña del árbol caído.

CLOONEY, CAPITULO 2 En Los descendientes Clooney no participa de la dirección, el libreto o la producción. Se limita a actuar. ¿Se limita? Está más comprometido, al menos «luce» más comprometido que nunca con su papel, el de un abogado rico, próspero, gentil, administrador de la fortuna de su familia, casado, padre de una adolescente y una niña, residente en un barrio privilegiado de Honolulu, Hawaii, es decir el paraíso terrenal. Pero ese personaje también es ligeramente torpe y desmañado para caminar, para gesticular, para moverse, para manejar sus relaciones personales. Es un personaje ideal para un anti-divo. Nadie mejor que el súper-divo Clooney para interpretar a un anti-divo. Consciente de que debe evitar su innato poder de seducción, actúa con tanto garbo y sencillez que es capaz de seducir «involuntariamente» a quienes lo rodean en el mundo de ficción y al espectador en el mundo real, perpetrando todo tipo de ridiculeces. Se toma el pelo a sí mismo, y junto a sí mismo, a todo lo que implica la imagen del «ganador» en la sociedad estadounidense. Pero lo hace sin que se perciban los mecanismos que hacen posible semejante «reducción».
Esta «reducción» es general, abarcadora y social, y a ella contribuye en buena medida la trama. El bueno de Clooney, doblemente preocupado por su problemática relación con sus dos hijas, de diecisiete y diez años de edad, y por los vericuetos familiares que tiene que surcar para acometer el gran negocio de su vida, se topa con la noticia de que su esposa ha sufrido un accidente terrible y caído en coma. Diez minutos de relato más tarde, se entera de que esa adorada compañera le estaba siendo infiel. Emprende una suerte de investigación privada, en la que involucra a sus hijas, a amigos, a otros parientes, al tercero en discordia, a la familia de éste. Con eso «logra» que los problemas sigan, se expandan, se ensanchen. Pero él jamás pierde ni su talante ni su humor. Tampoco los pierde el director Alexander Payne, que cada -digamos- cinco minutos nos recuerda que, además de un preciso ajuste de cuentas con/contra el «Sueño americano», Los descendientes también debe ser una comedia sardónica y sarcástica. Entonces se dedica a incorporar, con astucia e imaginación, gags con primera, segunda y a veces tercera intención. Y redondea una humorada tan deliciosa como aguda.

AMÉRICA, CAPÍTULO 3 De acuerdo a la mayor parte de la historiografía liberal, cuando no directamente progresista, la trayectoria de J. Edgar Hoover, fundador y rector absoluto o absolutista del FBI durante la friolera de 48 años corridos entre 1924 y 1972, califica como «aborrecible» o algo así. Por cierto, no como «heroica» o «modélica», como solía presentarlo la prensa en el largo período en que se lo consideraba, sin exageración, como el segundo hombre más poderoso de Estados Unidos, después del presidente de turno. En fin, a Hoover le gustaba ser el primero, no el segundo. Para eso hizo todo lo posible por obtener los mejores recursos materiales, científicos y humanos para «su» FBI, posó para los fotógrafos en ocasión de la detención o ejecución de malhechores como Dillinger y el asesino del hijo de Lindbergh, acumuló poder constitucional e ilegal, diluyó su vida privada en la vida pública, persiguió enconadamente a todo opositor real o presunto al American Way of Life, se convirtió en el Torquemada de los gangsters, los comunistas, los anarquistas, los defensores o apologistas de ciertas minorías. Entre ellas, la de los homosexuales, pese a que él también era homosexual (reprimido, según algunos). En fin, de contradicciones como ésas suelen partir las buenas películas. J. Edgar es una de ellas.
Y lo es, en gran medida, porque el director Clint Eastwood, quizás el último «clásico» de su país y un conservador a capa y espada, no tuvo miedos ni reparos para partir del libreto de un militante homosexual como Dustin Lance Black, el autor de Milk (2008), adaptar ese texto probablemente agrio con su personaje a su particular manera de ver y filmar el mundo, mostrar las dos caras que toda moneda siempre tiene, moldear a la perfección la expresividad del actor Leonardo Di Caprio, exponer las contradicciones dentro del relato, no rehuirlas ni ahuyentarlas. Así, convirtió a su J. Edgar en un discurso cinematográfico tan ajeno al panegírico como a la burla nihilista, tan lejos del patrioterismo como del liberalismo «chic». Su mirada al personaje y a sus circunstancias es adulta, crítica, comprometida, compleja y, sobre todo, abierta. Gracias a lo cual desfila, en su pantalla, lo peor y lo mejor de América, la del Norte.

18 de Julio 1618. Montevideo. República Oriental del Uruguay. Tel. 2402 9017 ©2011. Diseño G.Fernández.